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26
Julio

26 DE JULIO DE 1952, EVA PERÓN PASABA A LA INMORTALIDAD, CONCIENCIA Y MÍSTICA DE LA REVOLUCIÓN PERONISTA Destacado

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“MI GLORIA ES Y SERÁ SIEMPRE EL ESCUDO DE PERÓN Y LA BANDERA DE MI PUEBLO, Y AUNQUE DEJE EN EL CAMINO JIRONES DE MI VIDA, YO SE QUE USTEDES RECOGERÁN MI NOMBRE Y LO LLEVARÁN COMO BANDERA A LA VICTORIA”.

El 26 de julio se evoca sexagésimo cuarto aniversario del tránsito a la inmortalidad de Eva Perón, de Evita como cariñosamente la llamó su pueblo.

Para quienes ignoran su historia, sus raíces, su vida pública, sus valores y la causa por la cual brindó su vida en patriótico holocausto, es fundamental recordar que, María Eva Ibarguren nació en un hogar humilde, en los Toldos (provincia de Buenos Aires) el 7 de mayo de 1919, hija de Juan Duarte y de Juana Ibarguren y que, apenas vivió 33 años, lo suficiente para convertirse en abanderada de los más humildes.

A Eva Perón no la evocamos por su breve vida artística, descalificada sin éxito por mendaces detractores y distorsionada con fines comerciales por mediocres productores de obras teatrales y cinematográficas, sino, por su vida pública, por su entrega total y absoluta por la causa de la justicia social para los desposeídos y en particular para los trabajadores de la Patria que, el 22 de agosto de 1951, catapultaron su candidatura desde la central obrera única para la Vicepresidencia de la Nación, en un cabildo abierto de más de un millón de almas. Un hito popular no superado en los anales de la historia patria y del continente.

El 30 de agosto del mismo año, para no dar argumentos a un golpe militar en cierne (frustrado el 28 de septiembre de 1951), renunció a los honores pero no a la lucha, dejando para la historia un memorable discurso que aventa y pulveriza las especulaciones mezquinas de los que insidiosamente pretendieron y pretenden fracturar la unidad indisoluble de su causa con la supo liderar en vida el General Perón: “No tenía entonces -se refiere al 17 de octubre de 1945- ni tengo en estos momentos, más que una sola ambición, una sola y gran ambición personal: que de mí se diga, cuando se escriba el capítulo maravilloso que la historia seguramente dedicará a Perón, que hubo al lado de Perón, una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que luego Perón las convertía en hermosas realidades y que a esa mujer el pueblo la llamaba cariñosamente Evita” (del discurso del 22 de agosto de 1951, en la concentración organizada por la CGT).

No ocupó cargo público alguno y gran parte de su obra se centró en la Fundación que llevó su nombre: la Fundación Eva Perón. Desde una oficina ubicada en la Secretaría de Trabajo y Previsión, llevó a los cuatro puntos cardinales de la Patria una obra social maravillosa, sembrando viviendas para los trabajadores, policlínicos, hogares-escuelas, hogares de tránsito, de ancianos y de niños. Pero, quizás lo más importante de su breve vida política (no más de siete años), fue el haberse convertido en la correa de transmisión al General Perón de las inquietudes y de los anhelos de la clase trabajadora, para la que se constituyó en el símbolo emblemático de la militancia, una militancia que, superando los límites de la especulación racional se tradujo en mística revolucionaria, algo impensable a la luz de la ética y de la moral decadente que signa la vida política de nuestros días.

Hacia el año 1949 y en los prolegómenos de la Convención Constituyente de 1949, definió en un artículo publicado en el diario “Democracia” su Peronismo, un Peronismo que no conocía de ambigüedades y menos de reservas: “soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular, por convicción personal y por apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo, vivificado y actuante otra vez por el renacimiento de sus valores espirituales y la capacidad realizadora de su jefe: el General Perón”.

La mujer argentina de nuestros tiempos le debe a la infatigable lucha de Eva Perón, el derecho al sufragio y a la participación en los cargos públicos electivos y no electivos, algo reservado con exclusividad hasta mediados de los 40 a los hombres, un privilegio exclusivo y discriminante que signó a la decadente partidocracia liberal que precedió al Peronismo, en suma, a participar de la vida política. A partir de 1947, con la ley 13.010 y más concretamente a partir de los comicios de noviembre de 1952, con la incorporación de la mujer al Congreso y a las Legislaturas provinciales, se amplió la democracia social o de masas que supo instalar el Peronismo a partir de febrero de 1946, fecha a partir de la cual incorporó con representación política en todos los órganos del Estado a la clase trabajadora organizada. Así se hizo realidad tangible las banderas revolucionarias del 17 de octubre de 1945. Reivindicando el valor histórico de la medida, sostenía Eva Perón en aquellos días: “Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y a muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico dentro de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta y a muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, en definitiva, el destino de su hogar…” (del discurso de Eva Perón de marzo de 1947).

Ya en su lecho de muerte, desfalleciente pero sin perder un instante el fuego sagrado de su pasión peronista, escribió un mensaje póstumo para las nuevas generaciones que no accidentalmente lleva el título: Mi Mensaje. Su texto de lacónico contenido denuncia la conciencia y la ética revolucionaria que signó la vida pública de Eva Perón, un mensaje que hoy debería convertirse en fuente de inspiración y en impronta ideológica de los que se dicen peronistas o que dicen abrevar en las fuentes del Peronismo.

Su nombre, sus consignas revolucionarias, sus sentencias lapidarias contra la oligarquía y el imperialismo, su lealtad hacia la clase trabajadora y su pasión por el credo Peronista, lo que es decir por la liberación nacional y la justicia social, la convirtieron en bandera de lucha en los tiempos de la proscripción y del exilio, a los que fue condenado el General Perón y el pueblo peronista. Profanado su lecho de muerte, secuestrado y mutilado su cadáver y difamado su nombre hasta más no poder, por aquellos mediocres que desafiaron el juicio de la historia, Eva Perón, yace inmortal en el único lugar donde los muertos sobreviven al devenir inexorable de los tiempos: la conciencia y el corazón agradecido de los pueblos.

El respeto hacia esos principios y hacia esa identidad es el mejor homenaje que se merece aquella Evita que alguna vez sentenció para la posteridad: “Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo se que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.

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Visto 447 veces Modificado por última vez en Jueves, 26 Julio 2018 10:58
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